La galaxia cabía en la palma de su mano y en las grietas de su pared.
Zumbaba sobre la mesa de noche barata, con cables como venas de plástico arrastrándose hasta el único enchufe que funcionaba en la habitación. Afuera, la ciudad gritaba entre neones y rotores de drones, mientras la lluvia arrastraba anuncios por el vidrio. Adentro, el proyector abría un agujero en la oscuridad: anillos de un azul imposible, espirales lentas de luz que bañaban los ladrillos descascarados y la curva cansada de sus hombros.
Lo había pagado en pedazos de vida: turnos extra, horas de sueño alquiladas, unas cuantas mentiras pequeñas. Lo real era para la gente que vivía por encima de la línea del smog: turistas que reservaban cruceros orbitales con un parpadeo y un pitido de crédito, que brindaban con champaña mientras la gravedad fingía no existir. Para ellos, el espacio era otro paquete más: premium, exclusivo, asegurado. Para ella, era un mensaje de error en cada sitio de viajes, un “fondos insuficientes” en rojo latiendo como una herida.
Así que viajaba a donde ellos no podían seguirla. Se sentaba con las piernas cruzadas sobre el colchón delgado, el rostro inclinado hacia arriba, dejando que las estrellas proyectadas se derramaran en sus ojos. En su mente, la habitación se disolvía; las tuberías se volvían constelaciones, el zumbido del refrigerador, un sol distante. Caminaba descalza por aquellos anillos de luz, bautizando planetas anónimos con los nombres de personas que la habían olvidado, prometiéndoles que ella nunca haría lo mismo. En aquel universo pequeño y alquilado, nadie pedía boletos. Nadie revisaba saldos.
Cuando el temporizador pitaba y la galaxia volvía a morir en plástico y silencio, la habitación se encogía otra vez. La ciudad se colaba por las persianas medio rotas, hecha de ruido, facturas y el hambre de mañana. Ella se acostaba sin apagar el viejo monitor, cuya luz azul de espera parpadeaba como una estrella perdida. Tal vez nunca saldría de esa órbita de concreto. Tal vez su pasaporte siempre sería una cosa frágil hecha de deseos. Aun así, cada noche apretaba el botón, veía el universo florecer en la pared y pensaba: si lo único que puedo hacer es soñar, entonces soñaré tan lejos que el dinero no pueda alcanzarme.